
por Mauricio Annunziata
Lo más importante que un pianista debe tener en cuenta al enfrentarse con la técnica pianística es que los dedos deben obedecer a lo que la música nos sugiere. Las escuelas pianísticas que nos imponen una rígida técnica desfavorecen nuestra musicalidad para forzar todos nuestros recursos a una única técnica. A lo largo de mi carrera he podido comprobar como no es cierto que debemos imponernos una única técnica, sino que debemos adaptarla a la obra, al piano, a nuestro estado de ánimo. Incluso en una misma obra la técnica puede variar para obtener el mismo o diversos resultados. Giovanni Nenna, mi gran Maestro , genial intérprete de la suite Iberia de Albéniz, me hacía notar como la tensión de los músculos del brazo puede variar a lo largo de la misma pieza, al igual que la posición de la muñeca y la articulación de los dedos.
En una ocasión, yo, que
tengo una mano muy grande –puedo abarcar una undécima sin problemas– practicaba
el Estudio Nro. 1 del Op. 10 de Chopin (destinado a reforzar la
extensión de la mano derecha) en la secuencia do-sol-do-mi, do-sol-do-mi, con la
digitación 1-2-4-5,1-2-4-5, y así
sucesivamente. Recuerdo que, al estudiar esa partitura, la concertista Lía Cimaglia-Espinosa (mi primer Maestro) verificaba estrictamente mi
digitación. Pero al interpretar ella misma ese Estudio con sus manos muy
diminutas, ¡empleaba la siguiente digitación:
2-1-2-3,2-1-2-3!.
Esta
anécdota nos deja claro que este Estudio no estaba destinado a ampliar la
distancia entre el 4° y 5°, como muchos han considerado. Está claro que la
música puede más que la técnica. Mi Maestro, que seguía la escuela de Chopin
debido a la sucesión de discípulos Chopin-G.Mathias-A. Williams-L. Cimaglia, me hacía cambiar frecuentemente la digitación para observar las
diversas posibilidades tímbricas que a que pueden dar lugar, aparte de la
comodidad misma de la ejecución. Decía el gran pianista y compositor argentino
Alberto Williams (1862-1952) en sus Pensamientos Musicales que la
«velocidad en la ejecución se aprecia sólo cuando es perfecta», y que «la
ambición más grande de un pianista debe ser la de emocionar a los
oyentes».
Los
ejercicios técnicos como escalas, arpegios y otras ayudas mecánicas a la
técnica, no hacen más que dañar nuestra musicalidad. Cuando no es música la que
tengamos bajo los dedos, nuestro cerebro no sabrá que tipo de impulso darles.
Si, en cambio, pensamos en la música, se nos iluminará el sentido del gusto, escogeremos lo que
más nos complazca y esta información será enviada de la mente a los dedos, para
hacerla real, audible por todos. Esto favorece que en nuestras interpretaciones
dejemos un gran margen a la espontaneidad, siempre y cuando la dificultad de la
obra nos lo permita, sobre todo en la interpretación.
¿Debemos
realmente, controlar nuestas emociones cuando interpretamos?. Yo siempre admiré
el pathos emocional que los pianistas precedentes al disco compacto eran capaces
de comunicarnos. Hoy en día, el terror a tocar notas erróneas es tan elevado,
que las interpretaciones se controlan técnicamente hasta olvidarse de que se
trata de hacer música. La moderna ejecución quiere que seamos lo más claros y
nítidos posibles, que le demos a todas las notas, por ejemplo, de una obra
romántica, la misma importancia, como si se tratara de una obra de Mozart. Me
reprochaba G. Nenna, refiriéndose a una fioritura que hace el piano en el cuarto
movimiento de mi Primer Concierto: «¿Por qué en este pasaje no se oyen
con claridad todas las notas?, debes ejecutarlas una a la vez, así como las has
escrito» .
Nunca
olvidé esta genial consideración, que recuerdo cada vez que la emoción me incita
al descontrol. Otro de los grandes consejos de mi Maestro era la forma de
estudiar. Me decía: «Tres son las cosas que un pianista no debería nunca
olvidar: el estudio lento, el estudio a manos separadas y resaltar los acentos
que son difíciles de poner pero fáciles de quitar en el momento de la ejecución
final» .
Las
interpretaciones que realice más logradas serán cuanto más evoquen al canto. Si
no logramos crear colores con dos notas, jamás podremos conseguir una bella
frase. En el tiempo de Mozart, melodía y acompañamiento podían seguir caminos
diferentes. «Tocad la mano izquierda rigurosamente a tiempo y haced con la
derecha lo que queráis», escribía Mozart en una de sus cartas. Los mal llamados
«puristas» nunca tuvieron en cuenta
esta forma real de tocar en el período clásico, lo que llevó a que el resultado
de las interpretaciones de sus discípulos fueran muy mecánicas, áridas y
tediosas y, en cambio, las del período romántico, excesivamente
desmesuradas.
El
hecho de lograr la belleza de una frase musical lo considero un proceso
científico, y los errores de interpretación me irritan con la misma intensidad
que las notas erróneas. Los pianistas que no «cierran» las frases, que ejecutan cada módulo de una
progresión igual que el otro, no
podemos considerarlos intérpretes, como tampoco aquellos que no nos anuncian las
frases, tocan las apoyaturas más débiles que su resolución, no emplean
correctamente el pedal, no cantan, no capturan la atención del público, no
emocionan.
El
piano es un instrumento maravilloso, completo en todos sus puntos de vista,
independiente y fiel a nuestro comando. El piano es también el instrumento de
los resultados inmediatos y –como muy bien dijo V. Horowitz– « el más fácil de abordar al principio,
pero el más difícil de controlar al final». Por eso, démosle a esta reliquia
sonora el trato que se merece...
Mauricio Annunziata
Roma, Noviembre del 2001